Importancia de la literatura infantil.

Me encuentro realizando clases particulares de lectura y escritura para niños. El proyecto llevado a cabo tiene como objetivo implementar la lectura, ahondar en la comprensión de textos así como la realización de fichas de lectura, haciendo la exégesis de cuentos, fábulas e incluso ilustraciones de escenas preferidas. Es un aprendizaje mutuo. El objetivo es “entusiasmar el deseo de leer”.

En el presente artículo es de mi interés compartir un análisis sobre la importancia del cuento en la formación de los niños.

Marcela Carranza y De Sousa Silva se proponen a analizar la literatura infanto-juvenil y su relación con los valores pedagógicos. Se cuestionan a qué campo pertenece, o mejor aún cuál es el parámetro para valorar los libros utilizados en las escuelas.
Como bien señala De Sousa Silva, las opiniones son diversas. Marcela Carranza en su artículo “La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura“, citando a autores como Oscar Wilde y Jorge Larrosa, se propone responder a las inquietudes que le genera encontrarse con catálogos de literatura infantil que incluyen un índice de “valores”; a partir de esa novedosa edición, la autora hace una equiparación de la literatura infantil con otros géneros como el panfleto, el sermón o la publicidad.

En cambio, De Sousa Silva reconoce que desde sus comienzos la literatura infantil tiene una función pedagógica, a saber, “la literatura infantil desde su origen fue utilizada como herramienta educativa, un instrumento para fortalecer las costumbres sociales de cada época” (2008: s/p.). No obstante Carranza se opone tajantemente a la tendencia de poner la literatura infantil al servicio de la transmisión de valores morales; argumenta su postura afirmando que de esa forma se transmite un único mensaje moral, mientras que la literatura se puede interpretar de distintas maneras, pues en efecto: “el carácter pedagógico de un texto literario es un efecto de lectura más que una característica intrínseca a los textos” (2006: s/p.).

De Sousa Silva argumenta esta intención educativa en la literatura a partir de una exégesis histórica, pues “la literatura infantil surge con características propias provenientes de la ascensión de la burguesía y del nuevo status concedido a la infancia. Como las historias en aquel período eran escritas con la intención divulgadora de los valores morales propagados por la sociedad, su asociación con la pedagogía fue inevitable y fue, en parte, responsable por su promoción. (…) Siendo así, no nos parece raro que haya una función pedagógica en la literatura infantil. Una función que implica orientar y conducir el uso de la información. Pero lo que afecta la formación es que la lectura pedagógica muchas veces desconsidera las ambigüedades de sentido que la lectura artística posibilita” (2008: s/p.).

En este sentido, Carranza considera que esa manera de educar, imponiendo una lectura, con su “única” interpretación “oficial” y “objetiva”, perjudica la plurisignificatividad de la literatura. Aparte de quitarle el valor haciendo que la estética literaria quede en un segundo plano, incluso se torna violenta, limitando a los jóvenes lectores, como si el peligro no fuera tanto el contenido de la lectura, sino el hecho mismo de leer, y en última instancia pareciera que, observa nuestra autora, se asemeja a la quema de libros, pues “(…) toda lectura o control moral sobe la literatura supone una forma de censura. Desde la censura brutal, como la quema de libros durante los regímenes dictatoriales, a la censura ‘doméstica’ en la selección de textos bajo criterios morales, o en la coerción lectora para la búsqueda del mensaje de turno.” (2006: s/p.).

Por su parte, siguiendo con la influencia del modo de leer, De Sousa Silva, situando a los jóvenes lectores, en sus comienzos con la era pedagógica, cuando se descubre y admite a  los niños y adolescentes como tal, analiza la función pedagógica y la influencia de la acción educativa como cierta urgencia producida por los adultos para formar a esos seres frágiles, inocentes y con una total dependencia de ellos. De modo que es verosímil esa mediación de la pedagogía, la familia, la escuela, e incluso el mercado editorial en la formación de los niños, cuando efectivamente, muchos cuentos eran adaptados para formarlos, de hecho “las primeras obras del repertorio infantil, compuesto por fábulas y cuentos de hadas, sufren alteraciones conforme las necesidades de cada época, reflejando las manifestaciones culturales de los diferentes grupos sociales” (2008: s/p.).

Por otro lado, las fabulas de Esopo, que son un clásico en las aulas escolares, son lecturas que escapan de la etiqueta “literatura infantil”, y que de hecho incluyen una moraleja. Cuyas lecturas ameritan el acompañamiento del docente sin intersección, que podrían servir de ejemplo como literatura y pedagogía, aún con la intención moralizante, no resulta una lectura cargada de moralismo que torne a la literatura sin valor estético, sino que procede a educar con sutileza.

Durante las clases del taller de lectura y escritura me ha embargado la pregunta sobre CÓMO INYECTAR DESEO DE LEER. ¿Cómo lograr que otras sensibilidades sientan el mismo nerviosismo por leer? ¿Cómo conseguir que el deseo de leer habite en otras sensibilidades?
Para seguir con mi cometido de entusiasmar deseo de leer propongo lecturas alejadas de la tradición académica, pero cuando hablamos de “cuentos infantiles” ¿estamos tratando sobre una literatura con características especiales?En este sentido Rodari y Bettelheim, por su parte, han analizado las funciones de los cuentos infantiles en la formación de los niños. Rodario desde una perspectiva pedagógica analiza tres funciones fundamentales, mientras que Bettelheim, desde una mirada psicoanalítica, observa el valor de algunos cuentos clásicos en el desarrollo del niño.

En su artículo “El niño que escucha fábulas“, Rodari identifica una primera inmediata función del cuento, a saber, la función de la fábula como instrumento de entretenimiento para tener al adulto al lado, de modo que se convierte en un instrumento ideal para entretener al adulto, en efecto, “mientras (la fábula) dura, la mamá está allí, toda para el niño, presencia constante y consoladora, portadora de protección y seguridad. No está claro que cuando pide una segunda fábula, al acabar la primera, el niño esté realmente interesado, o exclusivamente interesado en sus aventuras: quizás quiere solamente prolongar cuanto pueda aquella situación placentera, continuar teniendo a la madre junto a su cama, o sentada en su mismo sillón. Bien cómoda, para no le vengan ganas de irse demasiado pronto…“(Rodari, 2005: s/p. retocada).

Además, señala el autor, a través de los cuentos el niño tiene un contacto con la lengua materna, se va apropiando de la lengua, con la lectura. Bettelheim identifica a los cuentos como una obra de arte, con aspectos psicológicos, culturales e incluso religiosos. Todos estos componentes logran que un impacto psicológico en el niño.

También, observa Bettelheim, hay una identificación del niño con los cuentos, que permite un mejor desarrollo psicológico, esto le permite superar miedos, por ejemplo. En efecto, “los cuentos de hadas son únicos, y no sólo por su forma literaria, sino también como obras de arte totalmente comprensibles para el niño, cosa que ninguna otra forma de arte es capaz de conseguir. Como en todas las grandes artes, el significado más profundo de este tipo de cuentos será distinto para cada persona, e incluso para la misma persona en diferentes momentos de su vida. Asimismo, el niño obtendrá un significado distinto de la misma historia según sus intereses y necesidades del momento. Si se le ofrece la oportunidad, recurrirá a la misma historia cuando esté preparado para ampliar los viejos significados para sustituirlos por otros nuevos” (2007: s/p.).

Ante las objeciones que puedan hacerse a los cuentos, por ser precisamente fantásticos, ficticios, carentes de “realidad”, explica Rodari que de hecho, la fábula le sirve al niño para construir estructuras mentales de su “yo” y de su entorno, pues los niños pueden diferenciar la realidad de la fábula. Los cuentos son objetos de contemplación y no de imitación. De modo que el cuento sirve al niño para conocerse, comprometerse con la realidad.

Bibliografía:

Carranza Marcela (2006). La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura, en Imaginaria, Nº 181, 24 de mayo.

Bettelheim Bruno, (2007). Psicoanalísis de los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica.

De Sausa Silva, S. (2008). Literatura: ¿destreza literaria o pedagógica? en Babar.
Gianni Rodari, (2005). Gramática de la fantasía. Introducción al arte de inventar historias. Buenos Aires: Ediciones Colihue/Biblioser.
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Autor: Lavinia Laviosa

¿Cómo podría describirme si toda imagen como representación es efímera? La misantropía me habita. Hikikomori de un Königsberg de Py., criada en una familia religiosa hasta la adolescencia, exiliada a Baires por leer Nietzsche. Estudiante de Filosofía en el estigma del ostracismo. Imaginaria de relatos existenciales en las páginas escritas durante el insomnio y tituladas "Letargia", proyecto de novela dejada de empezar. Creadora de la revista de divulgación filosófica “Miserére Filosofía“. Editora en “Nietzsche Musik“, página dedicada a difundir las variadas piezas musicales del filósofo, filólogo, poeta y músico Friedrich Nietzsche. Colaboradora en "Nietzsche Studio" grupo de Facebook dedicado a las traducciones y divulgaciones de las obras del filósofo Nietzsche. Responsable de "La stoa infantil", taller de lectura y escritura con niños y niñas de primaria.

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